Por qué la "santidad sin relación" solo me llevó a caer más profundo (Y cómo salí)
Quiero comenzar leyendo una carta: "Dios, a partir de hoy con mi puño y letra escribo la siguiente promesa: te prometo que esto no va a volver a pasar, te prometo que no caeré más en esto, todo lo pasado quedó atrás y no quiero ni siquiera mencionarlo, no quiero que nadie jamás lo sepa, ni tampoco que quede en mi mente; limpia mi memoria si puedes, bórrame la memoria y que sea como si esto nunca pasó. Porque a partir de hoy vivo una vida nueva en ti, amén".
Me gustaría decir que esta carta la escribió esta mujer una vez en su vida y que de ahí cambió todo, pero la verdad es que no fue así, esta carta la escribió:
- Una vez tras intercambiar mensajes íntimos con otra mujer.
- Otra, después de que en una reunión de "trabajo ministerial" con un pastor, cruzara los límites.
- Otra, cuando vivía intimidad con su novio antes del matrimonio.
- Otra vez tras buscar desconocidos para encuentros íntimos.
- Otra, tras pasar días mirando pornografía.
Cada vez que la escribía pasaba semanas e incluso meses comportándose bien, a lo que ella le decía vivir en santidad; pero después de un día muy difícil, algunos problemas, emociones complicadas, volvía y caía. Y cada vez ella tenía más dolor, más heridas, más culpa y una esperanza cada vez menor de que un día por fin funcionaría y esa carta marcaría el antes y después de tanto sufrimiento.
Yo, querido lector, conozco a esta mujer muy de cerca, porque sí, alguna vez fui esa mujer de la carta que empecé leyendo.
No solo que lo viví, sino que lo viví en una especie de doble vida mientras trataba de fingir que nada pasaba, mientras ministraba en la iglesia, mientras lo vivía completamente sola y nadie sabía de esto más que algunos involucrados en los actos.
Sinceramente, cada vez que escribía esta carta pensaba que la situación iba a cambiar para mejor, pero al intentar con todas mis fuerzas vivir en santidad sin tener una relación con Dios, solo terminaba viviendo en religiosidad, una religiosidad que me hacía caer cada vez más profundo en pecado, culpa y aislamiento.
Pero la misericordia de Dios alcanzó mi vida, así como ha alcanzado tu vida al leer esto. No existió un día, un evento ni una oración. Me gustaría decir que esa carta un día funcionó, pero no, en Dios no hay atajos.
Tampoco puedo decir cuál fue el paso a paso que me ha traído hasta aquí, pero sí puedo hablar de quién me tomó de la mano y me empezó a dirigir por un proceso de restauración, amor y libertad, y ese fue Dios.
Mi proceso ha sido tan milagroso como retador: Dios me llevó a la confesión, a hablar sobre eventos que ni yo misma recordaba. Me llevó a llenar mi mente con nuevas enseñanzas. Dios abrió mis ojos para entender su palabra, para entender incluso mi propia historia y darme cuenta de muchas heridas, abusos y manipulaciones que necesitaban de un Dios, no solo salvador, sino sanador y amoroso.
Entendí que mi relación con Dios no dependía de cuán santa podía comportarme, sino que en el estado en que estuviese podía orar con la misma confianza y dignidad a mi Padre que me amaba de la misma forma. Dios me enseñó que la santidad sin relación es solamente religión y que había estado viviendo en religión por muchos años.
Que yo era igual de digna para hablar con Dios después de haber ayunado toda la mañana, como era igual de digna después de haber pasado toda la mañana pecando, porque mi dignidad no era por mi esfuerzo, sino por el de Cristo. Aunque sí, acercarse a Dios después de ayunar es más fácil por algunos paradigmas que tenemos en la mente, pero la verdad de Cristo te hace vivir por encima de cualquier estructura mental; yo empecé a orar después de pecar, incluso me entregué a la locura de hablar con Dios yendo a pecar.
Que él se convirtiera en mi Dios, pero también en mi mejor amigo, hizo que mi relación con Él cada vez se hiciera más estrecha, sin tabúes, sin temas que no se tocan, sin emociones tan pecaminosas que el Dios del cielo no pudiese saber.
Dejar de comportarme santamente y castigarme cuando no lo hacía, para cambiarlo por tener una relación cercana y continua, pasara lo que pasara, fue lo que salvó mi relación con Dios.
Dios mismo ha ido sacando a la luz muchas cosas, restaurando mi identidad, mi autoestima y mi valor. Empezó a ajustar mi vida, me cambió de amistades, me cambió de trabajo, me cambió de iglesia, incluso de ciudad. Me dio la libertad para confesar mi pecado a mis padres, me rodeó de personas hermosas que me han acompañado en este proceso: una compañera de responsabilidad, una líder, una psicóloga.
He sentido cómo incluso mis gustos han cambiado; en una noche el Espíritu Santo me mostró a dónde iba si seguía por el camino que llevaba, y me dijo: «No puedes salir de ese camino en tus fuerzas», y yo empecé a hablar en lenguas y ahí entendí que Dios me estaba empoderando para dejar hábitos que yo ni siquiera veía como malos, y desde ahí me empezaron a incomodar muchísimo, y aunque es difícil dejar hábitos de años, cuando te incomodan tanto los empiezas a cambiar poco a poco. Pero no en mis fuerzas, sino con las de Dios.
La libertad y sanidad no han sido solo en mi alma y corazón, sino que se han reflejado en mi cuerpo. Desde niña sufría de episodios de migrañas muy fuertes que no se quitaban con pastillas, era un diagnóstico que supuestamente no tenía cura; el último episodio pasé una semana con el dolor y estuve inyectándome medicamentos por dos días.
Lo que nadie sabía es que uno de los detonantes de esas crisis de migrañas desde niña era el pecado y abuso sexual. Contra todo pronóstico Dios sanó mi cerebro, sanó mi cuerpo y me sanó de la migraña.
Al principio tenía muchas dudas, pensé: «Dios me sanó, sí, pero también es porque empecé a hacer ejercicio o porque cambié mi dieta»; pero la verdad es que ya llevo algunos años que dejé de ser radical con la comida y el azúcar, y ¡milagro!, cero dolor; no he vuelto a sufrir ni una sola crisis de migraña. Me di cuenta de que mi sanidad, incluso física, no era por méritos propios. Fue porque así Dios lo quiso.
Mi sanidad mental no ha sido por mérito propio. Mi sanidad emocional no ha sido por mérito propio. Mi sanidad física no ha sido por mérito propio. Todo ha sido por obra de Dios.
Hoy puedo decir que soy libre, que soy sana, que me siento perdonada, amada y restaurada; que Dios ha llenado cada espacio en mi corazón, que hablo con Él a diario y es mi consuelo y ayudador, que no tengo ningún tipo de secretos ni doble vida. No doy mi proceso por terminado hasta que esté en el cielo; aún sigo aprendiendo, sigo en terapia, sigo siendo humana y sigo pecando todos los días de mi vida, y aun así, Dios me ama, y eso es lo más increíble de todo.
Hoy tengo una vida completamente diferente, puedo ver a las personas con amor y no con ojos de juicio, puedo decir que soy feliz, libre y que, a diferencia de antes, no hay nada oculto en mi vida. Ni estoy aislada ni sola, sino que Dios me ha dado una familia de sangre que me ama, una familia en Cristo y mi familia de Libres en Cristo, con personas igual de pecadoras que yo, pero con el mismo Dios libertador y sanador.
Si estás leyendo esto no es por casualidad, Dios quiere tener una relación cercana contigo, que dejes de tratar de impresionarlo con una santidad ficticia, y que comiences a vivir la santidad que proviene de tener una relación íntima con Él.
