Del temor a la libertad: Una historia de gracia y restauración
Mi nombre es José y soy Guatemala; este es un breve relato de lo que Dios ha hecho en mi vida. Nací en una familia de escasos recursos, mi padre campesino y mi madre como ama de casa, ambos analfabetos y de creencia católica. Tuvieron seis hijos, de los cuales yo soy el último.
De los recuerdos guardados en mi memoria en mi temprana edad, son cuadros de constantes angustias y miedos, pues como niño me sentía impotente ante los efectos del alcoholismo de mi padre que, en ocasiones, se volvía violento, aunque solo recuerdo una sola ocasión en que me lastimó sin razón. El daño verbal y sicológico eran constantes y me sentía impotente al no poder defender a mi madre, o al ver la forma en que alteraba a mis hermanos y sin poder hacer algo para tener paz en el hogar.
A la edad de ocho años, recuerdo que encontré un frasco de alcohol de mi papá y me atreví a probar un pequeño sorbo; en ese momento me propuse en el corazón que, al crecer y tener las fuerzas suficientes de un hombre, sería un alcohólico, sería violento y a quien le haría la vida imposible sería a mi propio padre por crearme tanto dolor.
Sin embargo, yo no sabía que el Señor dice en Isaías 55:8: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos”, y tampoco sabía que el Señor mismo me había amado y conocido antes que fuese formado en el vientre de mi madre y que con amor eterno me había amado y a pesar de que él ya conocía mi oscuro futuro, había decidido escogerme y apartarme como su hijo por su gracia.
Al llegar a la adolescencia donde se supone cumpliría mis planes por el rencor y amargura sembrados en mi corazón, el Señor me muestra su gran amor y misericordia usando a mis padres al hacer cualquier sacrificio para pagar 5 años de mi primaria en un colegio cristiano, donde aprendí mis primeras lecciones en las maravillosas historias de la Biblia. El Señor no solo usó las lecciones del colegio, Dios tuvo instrumentos maravillosos como lo fue quien en vida fuera mi tío Juan, y mis primos quienes me invitaban para asistir a la iglesia recurrentemente los domingos.
Cuando tenía aproximadamente trece años, asistí a una campaña evangelística (para ese momento el Señor ya había hecho germinar la semilla en mi corazón años atrás), y sin poder resistirme caí de rodillas delante del Señor entregándole mi vida, reconociéndole como mi único Salvador y Señor. Dios cambió el rumbo de mi vida y desde entonces he visto que el bien y la misericordia me han seguido todos los días.
En el año 2000 conozco a la que ahora es mi amada esposa con quien hubo actos de fornicación, lo que era una poderosa señal de riesgo de serle infiel al Señor. En el 2004 nos casamos, uniendo nuestras vidas delante del Señor, ambos pidiendo su bendición para que hiciese de nosotros un matrimonio ejemplar, llevar una vida agradable al Señor; y me gustaría terminar aquí diciendo: “y fuimos felices para siempre”. Sin embargo, no fue así.
Con mi esposa no podíamos concebir hijos, pero nos aferrábamos a nuestra fe en el Señor que él es quien decide a quién heredar.
Aproximadamente cuatro años después de casados conocí a una amiga de la familia quien constantemente visitaba nuestro hogar; en ocasiones pedía ayuda para resolver ciertas cosas relacionadas a sus estudios. Sin embargo y a través de esos favores, con el tiempo la comunicación comenzó a ser más directa y privada hasta caer en adulterio.
Confesé mi pecado al Señor de todo corazón, sé que el Señor me perdonó, pero el miedo a perder a mi esposa y al “qué dirán”, me hizo callar en la oscuridad de mi miedo y vergüenza. Confesar y buscar ayuda era indispensable tal como lo enseña Santiago 5:16, en su primera parte dice: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados”.
Me pasaba como al pueblo del Señor en el libro de los Jueces quienes se apartaban del Señor y se iban tras los ídolos y los servían, en consecuencia, eran abandonados, ellos en su dolor clamaban y el Señor lleno de misericordia los liberaba y tenían tiempos de paz, volvían a caer y así era el círculo vicioso de no acabar.
El miedo de perder a mi esposa me carcomía y por lo tanto “no era nada sabio confesárselo” (eso era según mi propia opinión como lo enseña Proverbios). Viví mi pecado en silencio, lo cual es una de las características del que lucha con el pecado sexual tratando con liviandad las cosas sagradas.
Jugué con el perdón del Señor, la culpa era cada vez más grande y pesada, pasaba un tiempo, era tentado y nuevamente caía, confesaba mi pecado, experimentaba cierta paz y libertad, pero la culpa y la vergüenza crecían más y más. Todo esfuerzo y fuerza de voluntad personal eran insuficientes.
En el año 2014 el Señor nos heredó a una preciosa hija, eso me ayudó a luchar contra la tentación y me alejé por varios años del pecado y toda comunicación con aquella mujer.
Por la falta de un acercamiento sincero e intencional a la palabra de Dios, no había entendido y experimentado qué es la libertad en Cristo, sé que al haberlo recibido en mi corazón yo estoy en Cristo, pero sin entender y creer que el Señor ya me había libertado y debía vivir y actuar en esa libertad.
Años después, la comunicación pausada volvió a surgir y nuevamente caí en el adulterio, volviendo a la angustia, al sentimiento de culpa, a los pensamientos suicidas. Sin darme cuenta alimentaba un ídolo en mí, muy hábil; ese ídolo era yo mismo. Creí las mentiras del enemigo tratando de cuidar mi imagen, tuve miedo al qué dirán, al rechazo, y pronto me vi atrapado en una telaraña de mentiras para cubrir mi pecado. Clamaba al Señor y sé que me escuchaba, pero Él esperaba algo que yo debía hacer: darle el lugar que solo Él merece. Sin darme cuenta, hice a Jesús mi Salvador, pero no era mi Señor quien gobernase mi vida.
Luchaba con mis propias fuerzas contra el pecado, pero la palabra de Dios es fiel y no deja de cumplirse, y así lo hizo conmigo tal como dice en Números 32:23 la última parte dice así: “he aquí habréis pecado ante Jehová; y sabed que vuestro pecado os alcanzará”. Y así sucedió, mi pecado me alcanzó; el enemigo, cuando todo lo tenía cocinado para la destrucción total, levantó mi nombre y me exhibió como un trofeo, una victoria sobre mi vida. Tristemente es incalculable el daño en mi esposa, en mi matrimonio y en el tierno e inocente corazón de mi pequeña hija. Todo se desmoronó, era un caos familiar, dolor y llanto; el corazón de una esposa que confiaba plenamente en un esposo que aparentemente era “fiel al Señor” fue destruido.
Pero el Señor, que todo lo conoce, no pierde tiempo ni escatima su poder transformador para rescatar mi vida, aunque las consecuencias quedan, mi matrimonio quedó tan solo pendiente de un hilo, lo maravilloso, es que ese hilo es Cristo mismo el cual no se rompe porque es Todopoderoso quien me ha amado con amor eterno e incondicional.
En el año 2022, atormentado en mis pensamientos, busqué ayuda en Libres en Cristo, el Señor usó a sus siervos en este curso “Camino de Libertad” entendiendo paso a paso que Cristo, con su sangre me compró y ha pagado todos mis pecados, que me ha declarado libre, ahora entiendo que no por mis fuerzas sino sencillamente creyendo en su palabra cuando él me dice: “todo fue pagado, ya no eres esclavo, camina en libertad”, y me revistió de su santidad.
Por la gracia del Señor no soy lo que fui y mi lema y oración al Señor cada día es junto al apóstol Pablo quien dijo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Y en respuesta a ese incomparable amor, rindo mi vida al Señor cada día.
Luego que el enemigo cantara victoria sobre mi vida en el año 2022, el Señor me ha tomado y me ha liberado, me da la victoria cada día y la oportunidad de servir en Libres en Cristo.
Solo en Jesucristo hay poder, hay libertad, hay esperanza, la sangre de Cristo tiene poder.
