Ahora mis ojos te ven

Me llamo Crystal y crecí en un hogar cristiano en la Ciudad de Guatemala, con padres amorosos y cristianos. Sin embargo, desde pequeña estuve expuesta a dinámicas dañinas: el esposo de mi abuela era violento e hipócrita, y mi abuela —marcada por años de abuso— cuestionaba constantemente mi feminidad, lastimando mi identidad desde niña. Ver de cerca tantos matrimonios rotos y mujeres abusadas dentro de mi propia familia fue sembrando en mí, sin que yo lo notara, una profunda desconfianza y repulsión hacia los hombres.

A los 5 años, la exposición accidental a imágenes sexuales en casa de mi abuela abrió una puerta que marcaría años de mi vida: la masturbación, el contacto inapropiado con otras niñas mayores que yo y, más adelante, la pornografía. En la adolescencia, a los 14 años, me di cuenta de que sentía atracción tanto por chicas como por chicos. No entendía lo que me pasaba y me llenaba de vergüenza y frustración; no era algo de lo que pudiera hablar con nadie. Por dentro crecía una ira sorda que no sabía de dónde venía, hasta que un día volvió a mi memoria el recuerdo de un abuso sexual que había sufrido de niña. Todo empezó a tener sentido, pero la herida seguía abierta.

Durante años viví una doble vida: servía en el coro de la iglesia mientras batallaba en silencio. Había temporadas en las que me acercaba a Dios y lograba dejar de pecar, pero siempre sentía que había una barrera entre Él y yo. Nunca me sentí su hija. Siempre creí que Dios estaba decepcionado de mí, que no merecía ser escuchada, y esa sensación me hacía desistir una y otra vez. Pasé muchas noches pidiéndole a Dios que me quitara la vida, porque ya no quería seguir sintiendo atracción hacia otras mujeres y nada de lo que intentaba parecía funcionar.

Un año antes de entrar a la universidad tuve una relación con una chica. Eso recrudeció el conflicto porque yo sabía que necesitaba acercarme a Dios, pero también me sentía arrastrada hacia esa relación. Al entrar a la universidad corté ese vínculo y me propuse buscar a Dios de verdad: oraba, ayunaba, busqué consejería.

Le escribí una carta a mi mamá contándole lo que sentía, porque no me atrevía a decírselo de frente. Estuve un año libre y empecé a pedirle a Dios que sanara mi corazón, que me quitara el desprecio hacia los hombres, que me diera el deseo de casarme. Y todo parecía ir bien, hasta que la carga de la universidad y los años de prácticas hospitalarias me alejaron completamente de Él. Recaí, y quedé atrapada en ese círculo vicioso por tres años más.

A los 24 años conocí a quien sería mi esposo. Nos casamos al año y medio de novios, los dos con el objetivo de buscar a Dios (creí que esto sería la solución al gran conflicto de mi vida). Ya dentro del matrimonio empecé a sentir que estábamos construyendo sobre bases muy frágiles. Le pedí al Señor que trajera limpieza, y a los tres meses de casados mi esposo me reveló su propia lucha con la esclavitud al pecado sexual. Fue un golpe fuerte, pero también fue el momento en que Dios comenzó a moverse. A través del pastor Ricky Marroquín conocimos LEC, y juntos tomamos la decisión de hacer los cursos: él, Camino de Libertad; y yo, Identidad Restaurada.

Con cada lección, el Señor fue poniendo el dedo en áreas que yo nunca había querido ver: el orgullo, la idolatría hacia mí misma, la falta de perdón, el no rendirme completamente a Jesús. Fui llevando a la cruz cada una de esas áreas, y sentí cómo, una a una, se rompieron las cadenas que me habían atado por tantos años. Aprendí que la libertad no se conquista con esfuerzo propio; es completamente obra del Señor.

Hoy, a mis 29 años, soy verdaderamente libre. Mi identidad fue restaurada, mis heridas sanadas, pude perdonar a quienes me hicieron daño y mi matrimonio está siendo edificado sobre bases nuevas. Por primera vez puedo adorar a Dios sin el peso de los grilletes. Como Job, puedo decir con todo el corazón: "Antes solo había oído de ti, pero ahora te he visto con mis propios ojos."