Libre y perdonado
Crecí en un hogar bonito donde recibí mucho amor. Me dieron siempre todo lo que necesité, pero mientras que fui creciendo, a la edad de 6 años escuché por primera vez qué era la palabra infiel. En mi familia, al parecer, cada generación había vivido el adulterio como algo normal que podía pasar y que eso no era causa de divorcio, solo hacían como si nada hubiera pasado. Como se dice comúnmente: la vida continúa.
Mis padres siempre han sido muy trabajadores, por lo que durante mi niñez debían dejarme al cuidado de alguna persona, fuera familiar o amigo de ellos, durante las tardes después del colegio, mientras ellos salían de trabajar. Recuerdo que a mis 11 años estaba bajo el cuidado de una amiga de mi mamá. Ella tenía dos hijos, uno de 9 años y el otro de 14.
En uno de tantos juegos, estábamos escondidos el mayor y yo en una habitación y él me empezó a hacer muchas preguntas íntimas sexuales, de mis genitales. Él quería también verme mis genitales y que yo viera los de él. Recuerdo que me tocó, eso me hizo sentir muy incómodo porque algo en mi interior me decía que eso no estaba bien, que estaba pasando un límite que nadie debe pasar en la vida de un niño, claro porque mi mente me estaba diciendo: “estás siendo abusado”.
Como él vio que yo ya no estaba accediendo a sus peticiones o preguntas, me empezó a insultar y comenzó a proyectar sus inseguridades en mí diciéndome: “es que usted es un gay y no quiere aceptarlo”.
Yo me puse a llorar y me fui a esconder debajo de una cama, recuerdo que él se burlaba de mí y me empezaba a decir: “maricón, ve lo que le estoy diciendo”. Él en ese momento quería crear una distorsión en mi mente para que yo adoptara la identidad sexual homosexual que él ya estaba practicando.
Ese mismo día se lo dije a mi mamá, y ella fue hasta la casa de ellos y lo confrontó, pero el muchacho negó todo. Sin embargo, mi mamá no dudó de mis palabras y nunca más volví a ese lugar, pero el daño quedó hecho en mi mente. Toda mi niñez siempre he recordado sentirme atraído por las mujeres, eso siempre estuvo, pero debido a esta vivencia también recuerdo haberme sentido muy confundido.
A los 12 años descubro la pornografía y la masturbación. Y claro, era de esperarse que la pornografía a la que iba a recurrir y volverme adicto era aquella que me recordaba mi trauma de niño, la homosexual.
Me volví adicto, podía pasar viendo en mi cuarto encerrado desde la 1:00 de la tarde hasta las 4:00 de la mañana, a veces no dormía nada por estar viendo pornografía y me iba para el colegio a las 6:00 am. Esa fue mi vida y mi secreto por más de 17 años, tuve mis novias porque, recalco, siempre me gustaron las mujeres, pero mi trauma por mucho tiempo me hizo pensar que realmente yo era bisexual.
Aun en mi matrimonio era un secreto que mi esposa no sabía. Porque era algo que me daba mucha vergüenza, aun siendo cristiano, servía y ministraba en esa condición. De verdad gracias a Dios por su gracia porque no sé dónde estaría yo si Él no me hubiera libertado y perdonado.
Recuerdo muy bien el momento en que Dios, en su amor perfecto, decidió exponer mi secreto. Mi esposa me descubrió en medio acto. Mientras ella estaba en la habitación, el Espíritu Santo le dijo: “ve al baño”. Casualmente ese día olvidé ponerle seguro a la puerta (siempre lo hacía) y ella entró.
Me vio a los ojos, yo no pude esconder lo que estaba pasando; en ese momento sentí que el mundo se me vino abajo y experimenté la vergüenza más grande de mi vida. Hoy puedo expresar lo contrario, pienso que ese fue el inicio de mi restauración y libertad, aunque en ese momento por supuesto que no lo veía así.
Recuerdo que ella solo dijo: “¿qué estás haciendo?”, y salió del baño. Yo en ese momento terminé de bañarme, salí del baño, me alisté y me senté en la cama y ella me dijo: “Tienes 1 minuto para explicarme y decirme la verdad”. Yo me quebré a llorar y fue la primera vez en tantos años que pude ser 100% transparente con una persona de lo que había en mi corazón y de lo que había pasado en mi niñez, del tipo de pornografía a la que era adicto y de cómo me sentía.
Nunca olvidaré sus palabras en ese momento. Ella se tragó toda su tristeza y dolor e hizo a un lado su corazón que se quebraba en mil pedazos por mi adulterio e infidelidad y solo puso su mano en mi cabeza y me dijo: “¿QUIERES QUE ORE POR TI?”. Esas palabras venían de una mujer que estaba hecha pedazos, pero decidió en amor orar por mi corazón.
Era la primera vez que veía la gracia de Dios tan palpable en una persona. Ahí fue cuando yo decidí hacer mi parte, me habían hablado de Libres en Cristo y dije: “ay no, otro curso de los tantos que hay en internet”; pero no fue así. Fue algo diferente, también creo que no solo era el curso, era la primera vez que estaba desesperado por dejar el pecado y recibir mi libertad y restaurar mi mente. Sé que fue la fe puesta en Cristo lo que hizo que el curso diera los frutos correctos.
Hoy estoy muy agradecido con el Señor por guiar mi proceso, porque después de muchas lágrimas, de ver a mi esposa deshecha, con su corazón quebrantado por mi pecado, hoy puedo ver a una mujer diferente, una mujer que me sigue amando aun más que cuando me dijo sí en el altar.
Por mi parte, me siento diferente porque mientras vivía en el pecado me sentía siempre estresado, malhumorado, con mucha ansiedad y sucio. Hoy tengo más control de mi entorno, de mis emociones. La definición de cómo me siento hoy es: libre y perdonado.
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