Artículo especial. Primera entrega

Una de las situaciones más comunes con la que tienen que lidiar quienes libran una batalla con la Atracción Indeseada al Mismo Sexo (AIMS) es la confusión. Los que han experimentado esta batalla han pasado días, meses y hasta años dando vueltas alrededor de muchas preguntas sobre su identidad, su propósito, su valor, el papel que Dios juega en todo lo que están viviendo, el papel que juegan los demás en sus vidas, la tentación, lo que está mal sentir o lo que está bien sentir, cuánto durarán estas atracciones, si algún día acabarán o es una cuestión de resignación.

Son preguntas válidas, humanas que en ningún momento juzgamos o condenamos porque sabemos que cuando se trata de buscar la libertad del pecado sexual no hay pregunta irrelevante. Por eso estamos convencidos que el tema de este post y de las entregas que vendrán está en el corazón de Dios.

Hemos asumido el riesgo de apoyarnos en la experiencia de algunos de nuestros mentores para escoger las preguntas más comunes, aquellas que marcan el paso de la cotidianidad de quienes están librando esta batalla con la AIMS e intentar ofrecer una perspectiva que, de alguna manera, pueda ayudar o al menos ser un atisbo de lo que puede ser una posible respuesta que traiga consuelo, dirección o algo de luz en medio de la ya mencionada confusión. Por eso, agradecemos a los mentores que han colaborado en esta publicación y a los que lo harán en las próximas.

Sin más qué decir, comencemos con las primeras 5 preguntas de esta serie.

  1. ¿Nací con la AIMS o esto fue producto de mi contexto y decisiones?

Si hablo desde lo más profundo de mi historia, tengo que decirte que esta pregunta no se responde de forma simple. Durante años yo quise una respuesta rápida: “sí, nací así” o “no, todo fue una decisión mía”. Pero ninguna de esas dos cosas lograba explicar lo que realmente viví.

Cuando miro hacia atrás, veo a un niño expuesto demasiado pronto a cosas que no debía vivir. Veo abandono, ausencia, rechazo, abuso… y todo eso fue dejando huellas muy profundas en mi identidad, en mi forma de entender el afecto, el cuerpo, la masculinidad, el valor personal.

Yo no elegí que abusaran de mí. No elegí crecer sin una figura paterna. No elegí sentirme rechazado. Pero sí es cierto que, con el tiempo, fui tomando decisiones en medio de ese dolor: busqué validación donde no debía, normalicé conductas que me estaban destruyendo y construí una identidad basada en heridas.

Hoy entiendo algo clave: no todo empezó conmigo, pero sí pasó por mí. Y ahí es donde Dios entró. No para señalarme como culpable de todo, sino para mostrarme que, aun en medio de una historia rota, Él podía hacer algo nuevo.

Dios no ignora mi pasado, pero tampoco me define por él.

  1. Si Dios puede quitarme estas atracciones… ¿por qué no lo hace?

Esta pregunta me acompañó por mucho tiempo… y no siempre la hice con calma. Muchas veces la hice con enojo, con frustración, incluso sintiéndome ignorado por Dios. Yo pensaba: “Señor, si Tú me liberaste del alcohol, de las drogas, de tantas cosas de manera inmediata… ¿por qué esto no? ¿Por qué tengo que seguir sintiendo esto?”

Y con el tiempo fui entendiendo algo que no es fácil, pero es profundamente transformador: Dios no sólo está interesado en lo que yo quiero que Él quite, sino en lo que Él quiere formar en mí. Hay procesos donde Dios trabaja áreas que yo ni siquiera sabía que necesitaban sanidad: mi identidad como hombre, mi forma de relacionarme, mi dependencia emocional, mi necesidad de aprobación… cosas mucho más profundas que una atracción en sí misma.

Recuerdo lo que dice 2 Corintios, cuando Pablo le pidió a Dios que quitara su “aguijón”. Dios no se lo quitó, pero le dijo: “Mi gracia es suficiente para ti”. Hoy lo entiendo de otra manera: Dios no estaba lejos… estaba más cerca que nunca.

A veces pensamos que, si Dios no responde como queremos, es porque no somos importantes. Pero en mi caso fue todo lo contrario: Dios se quedó a trabajar conmigo, no solo a disipar los problemas, sino que también a consolarme y restaurarme profundamente.

  1. ¿Está mal ser tentado por la AIMS? ¿es pecado tener estas tentaciones?

Esto fue algo que me llenó de culpa durante mucho tiempo. Yo pensaba que, sólo por sentir atracción, ya estaba fallándole a Dios. Pero con el tiempo, y al conocer más la Palabra, entendí algo que me trajo mucha libertad: la tentación no es pecado.

La tentación es una propuesta, no una decisión. Incluso Jesucristo fue tentado, y eso cambió completamente mi perspectiva. Si Él fue tentado y no pecó, entonces el problema no está en la tentación, sino en lo que yo hago con ella. Santiago explica que el pecado ocurre cuando la tentación es alimentada y finalmente ejecutada. Eso me enseñó a dejar de condenarme por lo que siento y empezar a ser responsable por mis decisiones.

Hoy, cuando enfrento una tentación, ya no la veo como una sentencia de fracaso, sino como un momento de decisión. Un espacio donde puedo decir: “Señor, te elijo a Ti por encima de esto”. Y eso cambia todo.

  1. ¿Siempre tendré que luchar con estos deseos?

Voy a responderte con la misma honestidad con la que me hubiera gustado que alguien me respondiera a mí: Sí, la vida cristiana implica lucha. Pero no es una lucha sin sentido ni sin esperanza.

Durante mucho tiempo yo pensé que la victoria significaba no volver a sentir nada. Pero Dios me ha ido enseñando que la verdadera victoria es poder vivir en obediencia, incluso cuando hay cosas que aún se están ordenando dentro de mí. Gálatas habla de una batalla constante entre la carne y el Espíritu. Esa batalla no es exclusiva de un área; todos luchamos en diferentes aspectos.

Ahora, también he visto cambios reales en mi vida. No es que todo siga igual. Dios ha transformado mi manera de pensar, mi forma de ver a las personas, mi identidad como hombre, mi relación con mi esposa, con mis hijos… eso no es teoría, es realidad.

Entonces, mi esperanza hoy no está en “dejar de luchar algún día” como única meta. Mi esperanza está en que Dios está obrando continuamente en mí. Y sí, creo que Él puede seguir transformando incluso mis deseos. Pero más allá de eso, ya me ha dado algo invaluable: la capacidad de vivir en libertad, de no ser esclavo de lo que antes me dominaba.

  1. ¿Dios me ama, aunque esté luchando con estas atracciones?

Esta pregunta toca lo más profundo del corazón… porque, si soy sincero, muchas veces pensé que no. Pensé que Dios se cansaría de mí. Que mi lucha era demasiado. Que había cruzado límites que ya no tenían vuelta atrás.

Pero Dios me mostró algo completamente distinto. En Isaías 1:18 hay una promesa que cambió mi manera de entender Su corazón. Dios dice: “Vengan luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si sus pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos…”

Lo que más me impacta no es sólo que Dios limpia… es que Él me invita a acercarme. Dios no se alejó de mí por mi pecado. No me rechazó por el tipo de pecado en el que había caído. No hizo una lista para ver si lo mío era “demasiado grave”. Al contrario… se acercó. Me llamó. Me dijo: “ven”. Y cuando fui, no encontré condena… encontré limpieza. No encontré rechazo… encontré amor.

Eso se conecta profundamente con lo que dice Romanos 8: que nada puede separarnos del amor de Dios. Nada… ni siquiera mi historia, ni mis luchas, ni mis caídas. Hoy entiendo algo que antes no podía ver: Dios no me ama después de cambiar, me ama en medio del proceso. Y no sólo me ama de lejos… se involucra, le importan mis luchas, mis pensamientos, mis heridas.

Dios no minimiza mi problema, pero tampoco me define por él. Me limpió no porque yo lo mereciera, sino porque me ama. Y me ama no porque esté limpio, sino porque Él decidió hacerlo. Y eso, para mí, lo cambia todo.