Jesús llega a tiempo
Hoy estoy segura de que Jesús siempre llega a tiempo.
Durante mucho tiempo decidí ignorar el dolor de haber sido violentada sexualmente en diferentes ocasiones y las profundas secuelas que ello conllevó. Hace muchos años tomé un curso llamado Camino de Libertad siempre de Libres en Cristo; fue la primera vez que me atreví a sacar a la luz ese secreto ante mi mentora. Sin embargo, en aquel entonces no profundicé en los detalles; lo mencioné superficialmente, como cuando te caes y te levantas rápido, ocultando el dolor y fingiendo que todo está bien porque te da vergüenza de que otros te vean llorar.
Más adelante, siendo parte del equipo de mentores de este Ministerio, se nos desafió a publicar nuestro testimonio en redes sociales para dar esperanza a quienes buscaban libertad del pecado sexual; yo estaba emocionada por ser portadora de buenas noticias, pero al contárselo a mi madre, ella se escandalizó. Me pidió que no lo hiciera para no "exponerme" ante la familia y conocidos. Me reprochó que, a su juicio, yo no había perdonado a mi agresor (un primo), pues ella no comprendía que perdonar no me obligaba a mantener una relación cercana con él.
Lo más duro no fue su reproche, sino su confesión: ella había presenciado las agresiones, pero no hizo nada. No supo cómo reaccionar y decidió guardar silencio, ahora entiendo por qué en mi niñez se me enseñó a guardar silencio “para evitar problemas”.
A temprana edad tuve contacto con la pornografía y la dinámica de mis juegos infantiles se distorsionó por las imposiciones de mi primo, jugaba con mis muñecas a la mamá y al papá. Durante años creí la mentira de que las mujeres solo existíamos para ser usadas, y que nuestro cuerpo era una moneda de cambio para obtener afecto. En mi proceso de sanación, Dios trajo a mi memoria detalles traumáticos que yo había enviado al inconsciente para sobrevivir. Ese pasado dictaba mi comportamiento: crecí con complejos, desarrollé anorexia, bulimia y vigorexia, e intenté ocultar mi cuerpo con ropa masculina, despreciando mi feminidad, el diseño perfecto del padre.
En mi juventud me involucré en relaciones tóxicas e intenté quitarme la vida en dos ocasiones. Recuerdo que, tras el último intento, mi madre me encontró en el suelo; ella no sabía que había ingerido 25 pastillas y alcohol, solo vio mi malestar. Me llevaron a Neuróticos Anónimos y allí empecé a sentir que mi vida podía tener sentido, aunque aún no conocía a Jesús. Ahora sé que, en ese momento, Él me guardó y me buscó hasta que permití ser encontrada.
Incluso como creyente, seguí usando un "traje de víctima" como mecanismo de defensa, manipulación y autosabotaje. Permitía que otros decidieran por mí, no ponía límites y buscaba salvar a otros porque, en el fondo, deseaba que alguien me salvara a mí. Me volví autosuficiente y orgullosa, pero a la vez tímida y cohibida. Entendí que, aunque tenía conocimiento académico en psicología y consejería bíblica sobre trauma sexual, no había creído que ese conocimiento pudiera rescatarme a mí. Tenía esperanza para otros, pero no para mi propia vida.
En el 2025 llegó un "de repente de Dios" a través del curso Señales de Amor. Las lecciones me confrontaron con mis lugares más oscuros, pero el Espíritu Santo me acompañó. Al preguntarnos si habíamos aceptado a Jesús como Salvador, comprendí que necesitaba reconocerlo como mi Salvador en áreas muy específicas de mi historia. Y entonces, Jesús llegó otra vez.
Me han acompañado estos versículos:
- “Los que siembran con lágrimas, cosecharán con gritos de alegría” (Salmos 126:5-6).
- “Tú llevas la cuenta de todas mis angustias... has registrado cada una en tu libro” (Salmos 56:8).
- “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me mantendrá cerca” (Salmos 27:10).
Aprendí que, aunque mi madre no me defendió, Él sí cuida de mí. Ella me pidió perdón hace años, pero hay días en que el pensamiento de su complicidad regresa. En esos momentos decido extender el perdón de nuevo, porque no soy Dios para otorgar un perdón perfecto. Mi agresor quizás nunca reconozca el daño, pero sostengo las palabras de Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Este proceso no se trata de mí, sino de cuánto me ama Dios. Él estuvo conmigo en el trauma, está en mi presente y estará en mi futuro. Él deseaba mi libertad, sanidad y restitución. Le agradezco a "Papito" el poder ver mis heridas a través de las suyas y reconocer que el sacrificio de Jesús fue suficiente, incluso para quien me hizo daño.
Agradezco a mi mentora y a mis compañeras de batalla. Jesús llega a tiempo, aunque no siempre lo parezca. Quizás pudo evitar las violaciones, pero decidió llegar en el momento justo para realizar un milagro mayor, como con la resurrección de Lázaro. Él se acercó a mí como a la Samaritana; al principio puse barreras por nuestras diferencias, pero al conocerlo, lo reconocí como mi Mesías.
Hoy soy una hija amada de Dios, que fue rescatada y ya no es una víctima, ahora es una sobreviviente.
OTROS TESTIMONIOS QUE PUEDEN HABLAR A TU CORAZÓN
El abuso alteró mi percepción de la sexualidad y de mi identidad
