La vida que escondía… y el Dios que me encontró
Hola, mi nombre es Maira Hernández, soy mexicana, tengo 35 años, soy soltera y tengo el privilegio de formar parte del equipo de mentores de LEC. Hoy quiero compartir contigo parte de mi testimonio de restauración.
Tengo ecuerdos de cuando tenía aproximadamente 5 años. Un día, jugando con una niña de mi edad, terminamos dándonos un beso. No sé cómo llegamos a ese punto, pero lo que sí sé es que ese momento nunca se borró de mi mente. Crecí sin hablar de esto, pensando que no había tenido ningún impacto en mi vida. Durante muchos años seguí sintiendo atracción hacia los hombres, así que nunca dudé de mi orientación.
A los 11 años, mi vida dio un giro fuerte. Descubrí la infidelidad de mi mamá con alguien cercano a nuestra familia. Verlo con mis propios ojos marcó profundamente mi corazón. Esto rompió mi relación con ella y, en plena etapa de pubertad, comenzó una rebeldía que me llevó a querer hacer todo lo que le causara dolor, sin darme cuenta de que la más dañada era yo.
Poco tiempo después, desarrollé una amistad con una compañera de la escuela que mi mamá me prohibió. En mi deseo de llevar la contraria, me aferré más a esa relación, y en un momento terminamos besándonos. Este fue otro evento que marcó mi historia.
Con el paso del tiempo, seguí teniendo relaciones con hombres, pero algo dentro de mí comenzó a moverse: empecé a sentir también atracción por algunas mujeres. A los 18 años decidí salir de casa, en medio de una relación completamente fracturada con mis padres, especialmente con mi mamá. Me mudé sola a otra ciudad, sin conocer a nadie… y ahí comenzó una etapa de completo desorden en mi vida.
Viví una temporada marcada por excesos: fiestas, alcohol, relaciones sexuales y una constante búsqueda de llenar vacíos. En medio de ese estilo de vida, volví a encontrarme con aquella compañera de la escuela, y comenzamos una relación. Llegamos a vivir juntas, pero yo llevaba una doble vida, ocultando relaciones con hombres. Eventualmente todo salió a la luz y la relación terminó.
Aun así, repetí patrones similares, entrando nuevamente en relaciones con mujeres mientras seguía sintiendo atracción por hombres. Era una vida dividida, confusa y vacía. Pero en medio de todo eso, Jesús comenzó a incomodarme.
Recuerdo claramente un fin de semana de excesos que terminó la mañana de un domingo. Ese día, vino a mi memoria que de pequeña mi abuela me llevaba a una iglesia cristiana. Al despertar, sentí una fuerte convicción de ir a una iglesia. Llegué a un lugar donde no conocía a nadie… de hecho, nadie me saludó, pero entendí después que, aunque para otros pasé desapercibida, para Dios yo era completamente visible.
Ese día, la palabra tocó profundamente mi corazón. Llenó vacíos que nada ni nadie había podido llenar. Ahí entendí mi necesidad de un Salvador. Ese fue el parteaguas de mi vida.
Con el tiempo comencé a conocer a Dios de verdad, pero intenté seguir viviendo una doble vida: una dentro de la iglesia y otra fuera de ella. Sin embargo, Dios no lo permitió. A través de su palabra y de mi relación con Él, comenzó un proceso radical en mi vida. De manera sobrenatural, quitó la atracción hacia el mismo sexo.
Sin embargo, la lucha con la fornicación con hombres continuó por un tiempo. Intenté mantenerme en pureza bajo mis propias fuerzas, pero ese pecado seguía saliendo a la superficie porque no estaba verdaderamente tratado.
Tiempo después inicié una relación con un hombre que no compartía mi fe. Aunque sabía que no era lo correcto, caí repetidamente en pecado. La culpa, la vergüenza y la frustración eran constantes, pero no sabía cómo salir. En medio de esa desesperación, tomamos la decisión de casarnos. Al año de matrimonio, descubrí que me era infiel con una menor de edad. Ese matrimonio terminó en divorcio.
Ahí me encontré completamente rota. Llena de vergüenza, sintiéndome indigna, creyendo que Dios me había rechazado y que mi historia había terminado. Pensaba que mi fracaso me descalificaba para siempre.
Pero en ese momento oscuro, Dios hizo algo inesperado.
Movió toda mi vida. Me sacó de mi zona de comodidad, de la casa donde vivía, de la iglesia en la que estaba, e incluso de la ciudad. Me llevó a comenzar de nuevo en otro lugar, sosteniéndome únicamente con una palabra que había depositado en mi corazón. En esa nueva etapa, Dios me regaló una nueva iglesia, nuevas amistades y, poco tiempo después, llegó LEC a mi vida.
De una Maira rota, fragmentada y llena de vergüenza… Dios sopló vida nuevamente. Hoy puedo ver que Jesús siempre caminó conmigo, aun cuando yo no podía reconocerlo. Hoy soy una mujer que ama a Dios, que vive en plenitud, y que ha experimentado libertad. No lucho más con la atracción hacia mujeres; esa fue una batalla que Jesús peleó por mí.
Hoy honro el diseño de Dios, camino en pureza sexual y descanso en su voluntad. Estoy segura de que Dios tiene planes para mi vida, pero también entiendo que este tiempo de sanidad, restauración y transformación ha sido necesario. No ha sido fácil, pero ha sido profundamente satisfactorio, tanto para el corazón de Dios como para el mío.
Durante mucho tiempo, mi historia me causaba vergüenza. Me preguntaba cómo había permitido tanto en mi vida. Pero hoy entiendo algo:
Mi historia no se define por mi pasado, sino por lo que Dios ha hecho en mi presente… y lo que hará en mi futuro. Hoy vivo con la certeza de que, a través de Jesús, mi vida tiene propósito, redención y esperanza.
Soy testimonio de que Dios restaura corazones… y también generaciones.
TESTIMONIOS Y ARTÍCULOS QUE PUEDEN INTERESARTE EN ESTA CATEGORÍA
Lo que el dolor no pudo quitarme: un viaje hacia la verdadera identidad (testimonio)
La reacción más común y peligrosa en nuestra lucha con el pecado sexual (artículo)
EN OTRAS CATEGORÍAS
Fuiste herido por el pecado sexual de otros. Este es tu primer obstáculo para sanar (artículo - Sanidad del abuso sexual)
Cuando la poda es necesaria (testimonio - Libertad sobre la pornografía)
Difíciles de poner, pero necesarios para sanar una traición (artículo - Sanidad de la infidelidad)
