Mis velos cayeron: Cómo Dios sanó mi historia y restauró mi corazón

Soy mentora del Curso Sanando un Corazón Roto, tengo 2 hijas y estoy casada hace 15 años. Vengo de una familia dañada por el pecado de adulterio por parte de mi mamá, un padre muy bueno, pero excesivamente trabajador para darnos siempre lo mejor (estaba poco tiempo en casa); tengo 2 hermanas y soy la hija menor.

Cuando yo tenía la edad de 11 años mi mamá tomó la decisión de irse de casa y terminar con su matrimonio de 22 años, ya que se iba a vivir con el novio que tenía y pues como yo era la menor me llevó con ella. En ese momento, fue cuando me di cuenta de todos los problemas que tenían mis papás, ya que por mi inocencia nunca noté nada.

Desde que tengo memoria, mis papás no dormían juntos, siempre mi mamá dormía en un cuarto aparte conmigo. Ahora entiendo la distorsión que ya venía teniendo yo con respecto a la convivencia matrimonial.

Pasaron los años y hubo muchos episodios de mentiras, dolor y tristeza con mi mamá porque me tocó irme a no tener un hogar estable y a dejar atrás todo lo que me daba seguridad (mi papá, hermanas, amistades, colegio, etc), por lo que me entró un odio que me llevó a decir: “nunca quiero ser ni vivir como ella”.

Tres años después tomé la decisión de regresar a vivir con mi papá, ya que vivía solo y ya no quería seguir viviendo en la capital. A mis 17 años tuve mi primer novio formal y duramos 2 años, en ese segundo año quedé embarazada y pues con tal responsabilidad pensé: “mi bebé merece nacer en un hogar”, y me casé. Este matrimonio duró 10 años, de los cuales solamente 2 de ellos viví sanamente. Mi esposo tomaba mucho licor, le gustaba andar con sus amigos, era muy celoso y yo no tenía paz.

Un día me di cuenta que él me era infiel con una compañera de trabajo, el mundo se me derrumbó, jamás creí que mi esposo iba a hacer algo así. Me enojé tanto y le pedí que se fuera de casa y se fue por tres meses. Luego regresó porque creí que iba a cambiar, como me lo dijo. Además, sabía que mi hija necesitaba a su papá. A todo esto había que sumarle que siempre me enseñaron que la mujer tiene que aguantar, por eso también acepté que volviera, pero en mí quedó un gran vacío lleno de frustración y tristeza porque perdí mi valor como mujer.

Antes de darme cuenta de su infidelidad, él venía diciéndome que yo no servía para el sexo (porque era una mujer muy fría y que simplemente no sabía lo que hacía). Cuando lo descubrí en su mentira, esas palabras continuaron jugando más con mi mente, creí que todo lo que estaba pasando era culpa mía por no ser una mujer amorosa, por “no hacer las cosas bien en la cama”. Como creí todas estas cosas, caí en adulterio también, ya que no me sentía feliz y sentía la necesidad de ser deseada y descubrir que no era una mujer fría.

En fin, a su regreso a casa, hubo un tiempo de paz, pero volvimos a lo mismo: desconfianza, agresiones verbales, exceso de control, etc. Así pasaron 10 años. Finalmente, me volví a dar cuenta de una nueva infidelidad y ahí tomé la decisión de divorciarme. Hoy sé que nuestra forma de vivir no iba a cambiar porque de todas maneras no teníamos a Dios en nuestro corazón.

Después de este proceso de divorcio que fue muy duro, empezó mi mente a cuestionarme todo lo que había hecho. En este momento, y después de pasar por el curso de Sanando un Corazón Roto, puedo identificar que dichos razonamientos estaban equivocados, y que hacían parte de una serie de velos que me impedían dimensionar la situación que había vivido.

A continuación, quiero enumerar algunos de esos pensamientos junto con el velo correspondiente:

  • El problema de que tomara alcohol no era tan grave, nunca me golpeó y lo que hacía era dormir (Negación).
  • Quizás no fue tan malo lo que él hizo, porque seguro como eras tan fría lo obligaste a buscar en otra lo que no le dabas (Minimizar).
  • Usted también hizo lo mismo ¿por qué se queja? (Justificar). En el afán de sanarme en el proceso y desquitarme del adulterio de mi esposo, yo también fui infiel varias veces.
  • Repetiste el patrón de tu mamá, que no querías. (Mi fantasía era tener un buen matrimonio donde podía darle seguridad a mi hija).

En el curso aprendí que todos estos pensamientos o ideales que tenemos llegan a convertirse en velos que no nos dejan ver hacia lo que Dios tiene para nosotras.

Un año después de divorciarme me rendí a los pies de Cristo y le entregué mi vida a Él, y muchos de los pensamientos que por varios años cargué, el Señor los fue sanando poco a poco.

Aprendí:

  • A confiar plenamente en Dios, a no depositar más la confianza en ningún hombre, ni a idealizar a mi esposo.
  • A decir lo que sentía para ser escuchada y no callarme ante mi frustración.
  • Recuperé mi confianza como mujer.
  • Ya no permití que el modelo de matrimonio de mis padres siguiera conmigo.
  • A no comparar mi presente con mi pasado, ya todo lo que viví no volverá.

Desde que entregué mi vida al Señor, me apropié de estos dos versículos:

“Porque todas las Promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén por medio de nosotros, para la gloria de Dios”. 2 Corintios 1:20 (RVR 1960). En la Nueva Versión Internacional (NVI) dice: “Todas las promesas que ha hecho Dios son “sí” en Cristo. Así que por medio de Cristo respondemos “amén” para la gloria de Dios”.

“Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes – afirma el Señor -, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza”. Jeremías 29:11

Mis velos cayeron y ahora cada día me esfuerzo por vivir conforme a la voluntad de Dios. Él me redimió y me permitió edificar un nuevo matrimonio para servirle y levantar a otros.

 

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