Mientras más cerca estoy de Jesús, menos esclavo soy del pecado
Testimonio de un estudiante del curso Camino de Libertad y Señales de Amor. Se publica con su consentimiento.
Llegué al curso de Camino de Libertad a través de mi esposa. Fui infiel durante nuestro matrimonio y buscando llevar un proceso de perdón y de restauración fue lo que me trajo al curso. Quería encontrar herramientas que me ayudaran a ser libre del pecado sexual.
Sin embargo, más que una herramienta encontré una persona. Finalmente pude encontrarme con Aquel que tiene el poder de darme la victoria definitiva sobre mi lucha con la inmoralidad sexual. A Dios doy toda la gloria y las gracias por mostrarme, a través del curso, la raíz del problema, el origen del asunto y de dónde provenía el comportamiento que tenía.
Vengo de un hogar disfuncional, de un padre violento que abusó de mí cuando era un niño de aproximadamente cuatro años. Nunca le vi un gesto de amor hacia mis hermanos o hacia mi madre, trayendo como consecuencia un desarrollo adolescente de frustración, complejos y fracaso. Con el tiempo entró en escena la pornografía y la masturbación, lo que fue despertando un deseo sexual descontrolado no solo con mujeres sino además con hombres, afectando a tal punto mi matrimonio que ha estado al borde del abismo en múltiples ocasiones. Dios me ha dejado ver la gran necesidad de afirmación que he tenido y cómo he deseado saciar la sed de un vacío que traía desde mi infancia, con alimento sexual y no con alimento espiritual, es decir, separado completamente de Dios.
El Señor no solo me ha mostrado el origen del problema sino además me ha dado herramientas a través del curso para mejorar el trato con mi esposa, para aprender a pedir perdón sin señalar, sin objetar y para aprender que el arrepentimiento genuino no solo está en pedir perdón sino en asumir las consecuencias.
Dios me mostró que colocando sobre el Cordero mi pecado, mis problemas, mi carácter y mis situaciones, puedo llevarlo a la cruz, y de este modo ser libre de cargas que no me dejaban avanzar; de igual modo, aprendí que la sangre de Jesús me santifica, porque no me comporto mejor para ser santo, sino que soy santo para comportarme mejor. Su santidad, Su sangre y Su amor me llevan a cambiar mis actitudes, me confrontan y redarguyen cuando el enemigo me tienta para caer.
He aprendido que no es en mis fuerzas, que yo no voy a lograr nada, que es Jesús quien puede lograrlo todo, que es Su amor y Su misericordia lo que me sostiene y me mantiene de pie; que a medida que me acerco a Él es que puedo ser totalmente libre, ya que mientras más cerca estoy de Jesús, menos esclavo soy del pecado.
Aprendí que Dios nos ama, pero no ama nuestro pecado; que la vergüenza la coloca el enemigo para alejarme de Dios y que el orgullo no me deja perdonarme cuando Dios ya me perdonó. Entendí que no importa lo sucio que pueda estar o sentirme, Jesús siempre está allí esperándome con los brazos abiertos para restaurar mi vida. Definitivamente es Su amor el que me sostiene, es Su amor el que me ha acompañado siempre y es Su amor el que me levantará, porque, aunque no pueda verlo, Él siempre está obrando y todo lo permite con un propósito.
Sé que el proceso aún no termina, pero me siento confiado en el Señor que perfeccionará Su obra en mi vida como lo dice Filipenses 1:6. Ha sido difícil este tiempo, pero Dios siempre ha mostrado Su gracia, Su favor y Su misericordia conmigo y con mi esposa. Todo este proceso nos ha llevado a acercarnos más a Dios, a creer que es un Dios de milagros; a ser sinceros, a ponerse en los zapatos del otro, en definitiva, por todo lo que ha estado pasando, tanto bueno como no tan bueno, me aferro a la palabra que dice que para los que aman a Dios todas las cosas les son para bien (Romanos 8:28).
