Puedo pensar que ninguna vida es fácil, todos pasamos pruebas duras y muchísimos fracasos en la vida, sin embargo, cada uno sufre lo que vive en carne propia. La primer prueba que recuerdo en como termino el fin de mi inocencia es el divorcio de mis papás, ellos se separaron cuando yo tenía 6 años de edad y desde entonces las cosas salieron de ese estado de bienestar al que yo estaba acostumbrada; solía ver a mi mamá llorar desesperadamente, salía de fiesta con sus amigas y tuvo una relación un tanto desastrosa con un hombre al que  no amaba y que además la agredía.  Parecía  que no me dolía, pero fueron cosas que formaron mi vida y lastimaron mi corazón, aunado a la ausencia de mi papá que tuvo que irse a trabajar lejos y cada vez que lo veía lloraba porque no quería alejarme de nuevo.

No quiero decir que fue una infancia mala, pero si hubo momentos tristes. Aunque era solo una niña, sufría de depresión constante y había una sombra en mi casa de la que quería huir. Unos años después mi mamá encontró a Cristo y yo hallé en Él un cobijo, pero poco a poco me fui alejando de él, la misma carne que se resiste al Espíritu. Dentro de esa niñez depresiva, yo fui abusada sexualmente por uno de mis tíos, no sabía que esa era la razón de la intensa atracción que sentía por los hombres más grandes que yo, eso despertó en mí la búsqueda de lo sexual. A los 10 años comencé a consumir pornografía por primera vez y hasta los 17 aproximadamente no pude dejar de verla. Inicie con juegos eróticos, poco a poco fueron vídeos, libros, entre otras cosas que yo no sabía que me ensuciaban por dentro y que me hacían herir a mi familia. En la pubertad, la masturbación llegó, solía besarme con cualquiera que se me pusiera en frente, fuera chico o chica y aunque me sentía vacía y sola, seguía ignorando a Dios que me hablaba a gritos; de vez en cuando volvía a la iglesia, oraba  y Él en su gran misericordia siempre tenía lugar para mí, pero yo volvía a marcharme después de conseguir lo que necesitaba. Decidí seguir mi vida tal cual, con doble moral y sin importarme; los domingos era la chica buena que cantaba en la alabanza y oraba con gran unción por sanidad, libertad y adoración, pero yo no era nada de lo que ministraba, entre semana decía groserías, fumaba, tomaba, mantenía relaciones con mi novio, me masturbaba, sentía atracción por las personas de mí mismo género y deshonraba a mis padres cada vez que podía.

No puedo creer ahora cómo Dios fue tan bueno conmigo que siempre estaba esperando mi regreso y aunque yo lo utilizaba, Él siempre me amó. Todo el tiempo estuve luchando con mi carne, , pero mi humanidad ganaba siempre. A los 17 años quedé embarazada y en una decisión en familia  llegamos a la conclusión de que debía abortar y lo hice; éste último año fue el más difícil de mi vida, me alejé de mis amigos, engañé a mi novio con su mejor amigo, lloraba por todos lados, habían momentos en los que aunque no tuviera relaciones, temía que ese mes no me llegara la regla y estuviera embarazada de nuevo, pero en realidad era ese anhelo de recuperar al bebé que había abortado. Perdí el control de mí misma, mis calificaciones bajaron, no había nada que me hiciera sentir viva,  ir la iglesia me avergonzaba y hasta deseaba morirme.

Fui una tonta por no darme cuenta que Dios estaba junto a mí todo el tiempo y que nunca se había apartado, desde mi pecado de fornicación hasta estar en el consultorio del doctor arriesgándome a morir en lugar de enfrentar mis consecuencias y hacerme responsable de mi hijo. Ahora sé que su mano siempre me sostuvo y me apartó de la muerte en más de una vez. A los meses, confesé mi pecado de aborto a mi mamá, mi líder de jóvenes y posteriormente lo hice a mi pastor, pasé por disciplina pero aun así seguía fornicando, ¿qué más necesitaba vivir para ver el llamado de Dios?, no fue hasta mi cumpleaños 18 que por algún motivo comencé a tomar  decisiones radicales en mi vida. Prefería una tarde en la reunión de jóvenes de mi iglesia que ir a una fiesta de mi escuela a beber, me fui  a vivir con mi papá para tener esa figura paterna que tanto necesitaba y regresé al redil antes de volver a equivocarme; todo esto gracias a que el Señor escuchó las oraciones de mi madre y me rescató. No quiero decir que desde ahí todo fue fácil, claro que tuve luchas y muchas caídas,  aún las tengo, suelo cometer errores como todo humano, pero abrí los ojos a que el pecado siempre quiere apartarnos de Dios.   El camino no es fácil,  debemos permitir que el renueve nuestro  corazón conforme Su voluntad, así como David lo tenía. Ahora sé que debo ser ejemplo para mi familia inconversa, ser ejemplo para mi hermano menor y muchos otros chicos de la iglesia que viven en una lucha constante con el pecado; las batallas vienen y van, tormentas se acercan y el día malo siempre está latente, pero no importa cuán oscuro esté, Jesús viene pronto y no hay nadie que no pueda ser Libre en Cristo.