Mi vida fue muy complicada desde mi infancia, mis padres trabajaban mucho y no crecí con la atención que hubiese deseado. La relación con mi padre fue muy lejana, fría y de temor. Nunca quise ser cariñosa con mi padre debido a que él era un hombre serio, frío y no tenía muestras de cariño conmigo ni palabras de aprobación o amor.

Continuamente tuve que soportar las peleas de mis padres en casa, los malos tratos y golpes de mis padres hacia mi. Accidentalmente en mi infancia llegó a mi la pornografía y comencé a consumirla a través de películas, así nació el deseo de querer satisfacer el deseo sexual que antes no conocía, la masturbación llegó a ser una de las salidas para obtener placer, aprobación y seguridad. Fue una manera de sentirme tranquila después de que en casa no recibía las atenciones y amor que necesitaba.

A los 15 años entregué mi vida a Cristo, el limpió mi corazón del dolor que tuve y del resentimiento que acumulé, mi vida era nueva y estaba tan enamorada de Jesús que creí no habría nada que me pudiese detener. A los 19 años, mi amigo de la iglesia me conquistó y decidimos comenzar una bonita relación; estábamos decididos a que sería de bendición, pensamos que sería la mejor porque aparentemente todo era muy lindo, sin embargo yo comencé a tener inseguridades, celos, peleas, enojos e insatisfacciones.

Yo buscaba la perfección en mi relación de noviazgo. Desde el inicio de nuestra relación ya hubo luchas en el área sexual, no logramos poner límites y con el tiempo avanzabamos en besos y caricias. Conforme pasaba el tiempo el pecado nos iba destruyendo espiritualmente, yo creía que mi arrepentimiento era genuino porque aparentemente estaba decidida a no repetir algun tipo de contacto sexual. Pero a la siguiente semana y cuando tenía oportunidad de que estuvieramos solos no me resistía y nuevamente avanzaba en el contacto físico.

Finalmente con el paso de los años caímos en pecado sexual. Él me habló de Libres en Cristo y me interesó pero no tomé la decisión inmediata de realizar el curso, pensé que sola podría y que ambos podríamos vencer esa tentación. Buscamos varias estrategias y maneras para no volver a pecar, no vernos solos, no tener conversaciones indecentes, no besarnos, etc. Con el pasar del tiempo ninguna dio resultado, sin importar los intentos al final volvíamos al mismo pecado.

A través del éste curso comprendí que fue porque nuestra motivación para dejar el pecado era la incorrecta, no quería darle la gloria a Dios y a través de mi sabiduría e inteligencia quería buscar mis medios para que en la relación saliera todo bien y así querer llevarme yo la gloria que le pertenecía a Dios.

Tomamos la decisión de terminar y alejarnos, me costó hacerlo, yo dependía mucho de esa relación tóxica, sentía que no podría vivir sin él, sin ese hombre que me daba “amor”, aprobación, atención. Que me aceptaba por entregarme a él, me sentí morir cuando se fue de mi lado. Devastada corrí a los brazos de mi Papá, el que nunca fue frío como mi padre terrenal, el que siempre me mostró amor, el que con eterno amor me ha amado (Jeremías 31:3)

Cansada de vivir en esa relación dependiente decidí buscar los medios para entrar a este curso, era lo último que me faltaba intentar. Dios mismo me proveyó a la persona que me ayudó a ingresar, mi compañera de responsabilidad Mónica Ortíz. Dios movió cada pieza y tuvo compasión de mi; respondió mis oraciones y escuchó mi clamor. Él mismo abrió las puertas para que pudiera ser libre de mi dependencia emocional, de la pornografía, de la masturbación y de mi búsqueda de aprobación y satisfacción en las personas y en un hombre.

Aquí aprendí que la pornografía dañó mi percepción de lo que es el amor y el valor de una mujer. La pornografía me hacía buscar la perfección en mi relación de noviazgo y creó en mi inseguridades en cuanto a mi misma, temor a que mi pareja me abandonara por no ser lo suficientemente hermosa fisicamente como se muestran las mujeres de Tv.

Hoy puedo decir que el Espíritu de Dios me convenció de pecado, de justicia y de juicio (Juan16:8) porque he mostrado un verdadero arrepentimiento con el corte radical, he aprendido a confesar mis luchas a través de mis lecciones donde mi mentora Irma Quiejú me ha bendecido con sus oraciones y su seguimiento en este proceso de libertad, además aprendí a rendir cuentas y a mejorar mi vida devocional que había sido destruída por el pecado sexual.

Ahora entiendo la verdad de la Palabra en Juan 4:14; “pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás” pues no hay nada ni nadie que me pueda sacear ni satisfacer sino solamente Dios (mi fuente de agua viva y eterna), ya no busco en vasijas rotas beber agua.

El pecado me hizo olvidar mis mejores momentos con Dios, mis tiempos en los que admiraba su creación, escribía poemas para Él, danzaba y cantaba para mi Rey. Pero me he vuelto a comprometer con Dios y a querer enamorarme y amarlo más cada día, que mi vida demuestre un verdadero cambio y soy LIBRE para poder decirle a los demás que hay esperanza en Cristo.

Hay que ser intencionales con nuestro crecimiento y dar pasos de fe y la buena noticia es que tenemos al Dios Todopoderoso (Lucas 1:37) que nos ama y respalda en esta decisión de vencer el pecado sexual, al enemigo y a los deseos de la carne. Todo para su gloria.