JOHAN C.

Empecé desde muy joven en el mundo de la pornografía, al mismo tiempo en el que empecé a asistir a la iglesia.  En toda mi adolescencia fue un hábito que no pude dejar a pesar de haber alcanzado un puesto de liderazgo. Al haber cumplido 24 años, y sentirme frustrado por no poder vencer está lucha, tomé la decisión de irme resentido de mi congregación pues me sentía condenado y dolido frente a algunas cosas.

Ese fue un año de querer probar cosas nuevas, las cuales no había hecho en toda mi adolescencia, pero me sentí más frustrado pues no logré ni siquiera poder tener una relación de noviazgo. En medio de todo esto empecé a congregarme en otra iglesia mucho más pequeña de la que antes iba, en donde escuché del mensaje de la Gracia, sin embargo mi mente religiosa siempre intentó buscar la manera de alinear todo para seguir con ese estilo de vida que llevaba en lo secreto.

Traté de confesar mis luchas varias veces, y aunque recibía consejo, siempre terminaba volviendo a tratar de solucionar las cosas a mi manera, frustrándome cada vez más. Tiempo después al querer encontrarme conmigo mismo y con Dios emprendí un viaje misionero, y al encontrarme frente a la soledad y sentimientos de culpa y remordimientos, comencé a acceder a pornografía cada vez más fuerte. Lo que me llevó a consumir material homosexual, y querer experimentar lo que veía en las pantallas, por lo que terminé teniendo encuentros sexuales con hombres desconocidos en baños públicos.

Aunque yo sabia que esto no era bueno, me comencé a engañar de que solo sería de momento. De repente me comencé a sentir adicto a regresar cada vez más a estos lugares, hasta que un día en la iglesia donde servía me dieron la oportunidad de predicar un domingo. En esa semana tuve una caída muy vergonzosa en uno de estos lugares, por lo que me dije a mi mismo “ya no puedes seguir así, confiésalo todo, y si te botan de la iglesia pues será a consecuencia de tu pecado”.

Tuve una plática extendida con el pastor al cual sirvo, y su actitud fue bien guiada por Dios, pues no me condenó sino que me apoyó para que pudiera ser restaurado y me animó a que buscara ayuda en algún ministerio, así fue como llegué a Libres en Cristo.

Han sido 2 meses de consejerías con mis pastores y mentores que me guiaron, además de un compañero de responsabilidad. He podido ver a Dios actuando con su gracia abundantemente, renovando mi mente e identidad, me siento más libre y sin condenación.

Ahora se que aunque el proceso es largo, en Cristo yo ya vencí y puedo seguir adelante a lo que Dios me llamó a hacer y vivir. El proceso se que no termina hoy al finalizar el curso, pero se que las herramientas que se me han provisto aquí me están ayudando a enfocarme en la Libertad que Cristo ya me otorgó, y a poder vivirla plenamente.

2018-09-21T11:15:42+00:0021 septiembre, 2018|
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