HANS G.

Soy creyente desde mi infancia, siempre creí que mi vida era bastante plana en cuanto a cambios en Cristo, porque no había un pasado oscuro qué contar. Sin embargo un pecado se fue colando silenciosa y lentamente en mi vida.

Todo comenzó en la adolescencia cuando por primera vez vi pornografía, esto despertó en mí un fuerte apetito por lo sexual. De a poco se convirtió en una conducta que la llevaba de manera silenciosa ocultándola ante el mundo de la iglesia. Pero en el liceo me comportaba de manera promiscua tuve muchas novias de corto plazo en un período de pocos años. A los 18 años mi padre me llevó dos veces a un peculiar lugar llamado café con piernas, cuyas meseras atendían semidesnudas y se dejaban tocar por los clientes (años más tarde frecuenté solo dos o tres veces más lugares como este).

Pasó el tiempo y mi doble vida se acentuaba más. Mientras en la iglesia llevaba una vida de líder y fiel a Dios, en lo personal, pecaba furtivamente. Cada vez que estaba solo, y tenía oportunidad de acceder a internet, buscaba mirar pornografía. Luego, estando en la universidad ya más maduro trataba de luchar más en contra de este pecado pero por más que me esforzaba y lograba pasar un período de abstinencia a la inmoralidad caía otra vez y más profundo.

Luego me casé y creí que al tener por fin una relación real podría terminar esta inclinación por buscar pornografía y autosatisfacerme. Pero me di cuenta que me había convertido en un adicto porque aun teniendo una esposa hermosa, una buena y sana relación con ella. Seguía buscando cada vez que estaba solo gratificación en la inmoralidad. Cada vez me percataba más de que debía hacer algo radical para cambiar.

Mi esposa no sabía que llevaba esta doble vida y yo quería terminar, solucionar el problema antes de que ella se enterara. Pero fue imposible. Comencé a pedirle mucho a Dios me ayudara a sacar este pecado de mi vida. Así que estuve una semana entera haciendo intensas oraciones a Dios para que me ayudara; creía que Dios milagrosamente me sanaría de manera instantánea, que de un momento a otro ya no desearía más mirar sexo por internet. Dios actuó de otra manera.

Comenzaron a llegar en mi correo una serie de mails de Libres en Cristo (hacía mucho tiempo había conocido el ministerio). Entonces me di cuenta que debía actuar. Me animé y confesé mi pecado a mi esposa. Fue muy duro y triste para ella, pero al tiempo me perdonó y me ayudó a trabajar para sanarme. De esa manera comencé el curso de 60 días. Durante este curso comprendí que lo más importante es saber que el pecado lo quiero dejar no para limpiar mi imagen, ni para agradar a los otros, sino para glorificar a DiosA

Aprendí que el verdadero arrepentimiento es el que además de causar dolor y vergüenza trae consigo un cambio de actitud. Luego aprendí a cortar con todo lo que podría ser una piedra de tropiezo: redes sociales, acceso libre a internet y algunas amistades.

Sin embargo lo más importante en este proceso que viví fue mejorar mi relación con Dios, pasar tiempo de calidad con Él cada día. Esa fue la clave de todo, la fuerza motora que me ayudó a dejar este pecado que por tantos años me mantuvo inmóvil. No fue fácil, tuve que esforzarme mucho, dejando cosas, perdiendo la vergüenza al pedir ayuda y contar a otros y también cambiando mis hábitos, para poder buscar a Dios cada día.

Es una mezcla de esfuerzo, constancia y total dependencia de Dios, que sin él nada de lo anterior vale. Así él me ha enseñado a tener un nuevo modo de vida.

2018-08-14T12:16:02+00:0014 agosto, 2018|
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