Ahora puedo decir, en verdad, que soy libre, ¡por la gracia del Señor! Y que esta libertad es duradera.

Crecí en una familia cristiana y nunca nos faltó nada. En realidad, tuve lo necesario, y no puedo decir lo contrario, pues durante mi niñez gocé de una infancia “normal”. Aunque en aquella época, vivíamos en una comunidad muy pequeña, en donde éramos discriminados constantemente por ser cristianos. Siempre fuimos el blanco de burlas, por no participar de muchas cosas con los demás. Nos costaba bastante trabajo tener amistades, ya que nadie quería a los “aleluya”. Todo esto me hizo distanciarme de los niños de mi edad y, por lo mismo, no aprendí a jugar con ellos.

Y no fue hasta la preparatoria, que por primera vez me di cuenta de que me gustaban los chicos y que algo andaba mal. No sé como sucedió, pero ese sentimiento apareció y me hizo más retraído aún. Desde entonces empezó una verdadera agonía. Por un lado, quería seguir con mis impulsos y, por otro, hacer lo que Dios y la sociedad marcaba. El rechazo de todos los días por no ser como el resto, por no saber practicar deportes, por no ir a fiestas y hacer lo mismo que hacían ellos, provocó sobrenombres distintos para referirse a la homosexualidad. Yo lloraba muchísimo pidiendo que esto se terminara, pero “la motivación” era incorrecta, sólo quería sentir los mismos deseos como los demás hombres hacia las mujeres.

Nunca estuve conforme con esta atracción y constantemente busqué ayuda fuera de mi iglesia. Algunos decían que era un demonio y otros opinaban que si le rogaba a Dios con todas mis fuerzas, aquello terminaría. Algunas personas aconsejaban “cásate y esto se acabará”; sin embrago, otros me culpaban por eso (cuando uno no lo elige ni lo busca). Y los más osados, replicaban que era normal y que Dios lo aprobaba. Probé diferentes procesos, métodos y terapias, pero sólo era un período de distanciamiento y después recaía, para continuar igual. Todo esto me llevó a tener una doble vida, en la iglesia era un ejemplo de cristiandad para la juventud, mas en la oscuridad y en lo secreto, era todo lo contrario lleno de lascivia y pecados sexuales.

Mi vida se convirtió en un ciclo de depresión, pecado, arrepentimiento e intento de volver a comenzar un día, un compañero que conocí en la misma lucha, me hablo de “Puerta de Esperanza”. Él estaba haciendo el curso y me comentó que al parecer daba buenos resultados y me recomendó que lo probara, pues no perdía nada. Y así ocurrió, no perdí nada y gané más de lo que esperaba. Desde la primera lección todo cambió. El agua viva, el arrepentimiento y confesión, la amputación radical y el rendir cuentas fueron la clave de la victoria.

Ahora puedo decir, en verdad, que soy libre, ¡por la gracia del Señor! Y que esta libertad es duradera. Dios me ha bendecido más de lo que alguna vez imaginé. Por añadidura, muchas áreas de mi vida ¡se están solucionando automáticamente! Sólo quiero concluir con un pensamiento que transformó mi mentalidad, ya que de cierta manera atesoraba la homosexualidad. La tenía abrazada más de lo que pensaba, muy dentro de mí no deseaba dejarla, pues me sentía desfallecer. Pero “el día que decidí morir… Comencé a vivir” ahora vivo realmente feliz.